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La Dictadura de Alfonso

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Véase también

Crónicas de Un Recién Levantado


La Dictadura de Alfonso

Capítulo I

Desde la cima vio el horizonte.

Sus pies estaban fríos, como frío era el recuerdo de aqueños años en que deambuló entre las sombras.

Se secó el sudor de la frente y bostezó. No había motivos para estar inquieto. Pensó un segundo, y bastó un segundo para darse cuenta de que estaba perdido nuevamente.

Se quitó el cabello de la cara con los dedos mugrientos. Se limpió los mocos con el dorso de la mano. Abrió bien los ojos.

Amanecía y Alfonso no podía reconocer este paisaje gris y marrón que rodeba a la montaña en la que había despertado.

Parecía que había sido ayer el día en que por esos mismos caminos había salido, y sin embargo hoy, despues de tantos años, él no los recordaba.

Veía ante sus ojos a sus padres, sus amigos, al anciano que le enseñó las claves del juego, a la niña con la que aprendió a soñar. Al costado de un camino olvidado pensó en sus tiempos de antes de la guerra.

Recordó el miedo y el olor de la sangre. Recordó el dolor. Entre sus manos llevaba las marcas de aquello que a los seres extraordinarios les guía los pasos. Se miró las palmas largo rato, hasta que el sol comenzó a dorar las piedras.

Miró al horizonte una vez más y la luz casi lo cegó. Apretó las nalgas. Apretó muy fuerte las nalgas. Pronunció el Salmo de Orter, e inició el movimiento, primero logrando la postura del guanaco.

Alfonso pudo así meditar. Lejos, sus séquitos se preparaban para volver a la batalla.

Diez mil hombres armados hata los dientes. Quince elefantes y un rinoceronte de guerra. Las leyendas nada decían de tales eventos, pero a nadie importaba, nada, nada... Solo esos hombre conocerían la bravura y la miseria del guerrero.

Alfonso guradó el Objeto Mágico en su moyal de cuero negro y bajó de la montaña.

Se dirigió a Etelfer con estas palabras: Etelfer!!! encuentra una razón para no morir en la batalla!

El rudo guerrero del norte agachó la cabeza - No hay ninguna razón para seguir vivo, mi señor -

Alfonso se trepó en los hombros del nórdico y habló a los guerreros, poniendo la sangre y los huesos en cada palabra: Mis queridas Bestias!!! Como pagarán los beneficios de ser siervos míos? LLamen al oraculo!!! El oraculo entró y dijo: Sed lo que la sed es para para sí misma y no lo que és para el que la siente.

Odolgar, el guerrero de Irmindur, pidió la palabra blandiendo la espada en lo alto, todos callaron.

- Oh Señor de Todos los Truenos, Sea Bien Merecida Tu Presencia, Que los Largos Temores de Antaño No Me Aparten de La Luz Que Cura y Ciega, De La Mansedumbre ante tu puño ni de la bravuro en la batalla - realizó la introducción ritual y al fin dijo - Creo, Señor, que... mire... somos... como diez o doce mil... además tenemos los elefantes... y la bestia que tiene un solo cuerno ... -

Chocho, el enano de las Tierras Altas, gritó a los cielos: que la sangre corra por los campos del rey Galpinodonte!!!!


El peludo enano de un salto montó sobre el oraculo. Los guardias se apresuraron a quitárselo de encima.

- Galpidiu! Elofonte! No! - los detuvo el oráculo - No lo toqueis! Está envenenado! - y se arrojó al vacío.

Ante tan mal augurio nadie quiso escuchar como continuaba el dscurso de Odolgar, pero Alfonso intervino - El compañero tiene la palabra - les recordó a todos.


Tomó aire y guardó silencio largo rato para reordenar sus pensamientos. Al Fin habló.

Odolgar prosiguió: "Oh Señor de Todos los Truenos, Sea Bien Merecida Tu Presencia, Que los Largos Temores de Antaño No Me Aparten de La Luz Que Cura y Ciega, De La Mansedumbre ante tu puño ni de la bravuro en la batalla..."


Se escuchó un murmullo, pero esta vez nadie se animó a interrupir. Alfonso miró a Asterix el vivikingo como preguntándole, y Asterix lo miró como respondiéndole, pero ninguno entendió nada. Odolgar levantó su báculo y, luego de reordenar sus pensamientos, dijo a la multitud que lo observaba desvariada: Ea aquía non esperanti, mudu, pentua, ga...

- En criollo! - le gritó el Hoplita malayo.

- Perdón - continuó Odolgar - decía que... - pero fue interrumpido por los gritos de uno de los aborígenes australianos que conducía uno de los elefantes. Todos corrieron a ver. Ante los ojos de todos habia esta escena: Un mono colgaba de una rama, un aborigen desde abajo intentaba golpearlo, al parecer para bajarlo, se ve que el mono sabia que el pequeño aborigen tenia malas intenciones por lo que lo sometia deliberadamnete a la amarga espera.

- Ah, era solo eso! - dijeron todos al unísono y, desilucionados pr no ver sangre ni tripas desparramadas, se resignaron a volver a escuchar a Odolgar.

- Odolgar! prosiga, compañero - dictaminó Alfonso.

- Gracias su excelencia - agardeció el guerrero alzando con ambas manos una roca y dejándola caer sobre su propio pie, como demostración de profundo agradecimiento - prosigo... Oh Señor de Todos los Truenos, Sea Bien Merecida Tu Presencia, Que los Largos Temores de Antaño No Me Aparten de La Luz Que Cura y Ciega, De La Mansedumbre ante tu puño ni de la bravuro en la batalla... -

- Ahí va de nuevo - se oyó decir al mono, y todos volteraon a mirarlo.

- Prestemos atención al compañero Odolgar... - les llamó la atención Alfonso.


Un Malabarista ciego dejó las clavas y sentenció: Ya basta! estamos con hambre de sangre y destrucción, vamos ya a la batalla!!!


Los hombres alados del Cerro Caimán apoyaron la moción, pero Odolgar aun tenia la palabra: "Oh Señor de Todos los Truenos, Sea Bien Merecida Tu Pres.. "

- Ya basta, al grano, Odolgar - se impacientó Alfonso y se llegó al consenso de que era en nombre de todos.

- Sí mi Señor - se disculpó el guerrero agitando la capa sobre su cabeza en señal de arrepentimiento - decía qué.. qué... somo como diez mil.. o más... hay esos elefantes... y el mono... y la bestia de un solo cuerno... y todos estamos con ganas de... usted sabe, su excelent+isimo, de... entrar en batalla, por así decirlo - Odolgar concluyó la idea y todos quedaron en silencio.

- pero eso ya se dijo - se oyó una voz en la multitud.

- sí... ya se dijo - se oyó otra voz

- ya se dijo! - apoyó otro hombre.

- sí! ya se dijo eso! - gritaban todos desordenadamente.

Alfonso puso orden - Basta! Se lucha cuando yo quiera! -

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